Por Juan Carlos Romero
@Jcromero
El movimiento #YoSoy132 nació de la estupidez y la soberbia de la clase política priista, apoyada por algunos comparsas del Partido Verde. La descalificación y la adjetivación de jóvenes universitarios a los que no se les da la gana admirar a Enrique Peña Nieto, dio origen, por mucho, al momento más interesante de una campaña electoral que sólo provocaba bostezos.
En una acción inspirada, por decir lo menos, 131 alumnos de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México grabaron un video para decirle a ese grupo de políticos y a los medios de comunicación que no eran porros, ni acarreados, ni provocadores. Masivamente, varios jóvenes sumaron su indignación y se declararon el 132 en la lista.
Las marchas y las protestas que vinieron después llamaron la atención de una prensa que los ignoraba y que los ignoró cuando por ejemplo, estudiantes de la Escuela Carlos Septién García fueron tratados como reventadores por cuestionar con rudeza a Gabriel Quadri, otro aspirante presidencial.
El repentino enamoramiento por los jóvenes produjo disparates periodísticos notables. Como si los jóvenes inconformes hubiesen nacido el 10 de mayo debajo de una piedra, los medios comenzaron a hablar de cosas como un despertar de la juventud, una Primavera Mexicana o, como en el caso de La Jornada, citar a expertos que deducen que el voto juvenil es capaz de decidir la elección de julio próximo.
Los jóvenes se volvieron cabeza de playa del antipeñanietismo, de la noche a la mañana los políticos rancios del pasado les pusieron sobre la espalda la obligación de encabezar la transformación nacionalde la que ellos no fueron capaces... de la que ellos no son capaces. El movimiento de muchachos ha entusiasmado a muchos, se ha vuelto un fenómeno en las redes sociales y ha tomado los espacios públicos con gran éxito en su convocatoria en la Ciudad de México; muchos están persuadidos de que la fuerza que ha tomado esto le dará un vuelco a la elección.
Sin embargo, como observaba hace unos días el semanario británico The Economist, no sólo hay que admitir que un porcentaje mínimo de la población forma sus opiniones basada en lo que se comenta en las redes sociales; ni la animadversión contra Peña Nieto es representativa del país en general ni se puede negar que también existen millones de jóvenes que seguramente simpatizan con el priista.
Comparto lo que escribía hace unos días Jesús Silva-Herzog Márquez no es claro que las manifestaciones vayan a tener un impacto electoral decisivo: “Quienes llenan la plaza se convencen fácilmente de que ahí se expresa la nación verdadera, que las consignas que repiten son la voluntad popular, que la solidaridad descubierta en la festividad de la política tiene la fuerza de cambiar la historia.”
Además de la encuesta de Reforma publicada el 30 de mayo pasado, las otras no aportan los mismos elementos para el optimismo. Peña Nieto cuenta con respaldo real, no importa si uno es incapaz de verlo el entorno cercano, negarlo es preparar el terreno para la decepción para que esos jóvenes a los que tanto se elogia hoy, y que serán olvidados tras la elección, piensen que lo que hicieron no valió la pena.
Es estúpido poner tal tamaño de responsabilidad sobre este grupo de estudiantes y simpatizantes, pensar que lo que iniciaron es una semilla que se mete a un microondas, se cocina 30 días y sale del horno en forma de triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador y gente bailando en el Zócalo al ritmo de “Color esperanza”. Creo entender que #YoSoy132 nació como una respuesta de rechazo a esas instituciones que no los representan y que no los respetan. La naturaleza de este movimiento espontáneo debería ser, por tanto, efímera, a riesgo de convertirse en otro colectivo que se eterniza y quiere permanecer, otro comité protagónico que a nadie representa.
Capacidad de organización, jóvenes interesados en participar en temas que nos importan a todos; #YoSoy132 es un triunfo aun si el PRI regresa a Los Pinos. Son los actores partidistas y su incapacidad para lograr nada en 11 años y diez meses los responsables. Nadie más.






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