Por Hugo León Zenteno.
La
noche del primero de julio se alargó más de lo usual. Para algunos un
par de horas, para otros una decena, para muchos toda la semana. Un
oscuro manto, producto del despertar del tiranosaurio, cubrió la
esperanza y la conciencia de muchos mexicanos, en tanto no fuimos
capaces de evitar la vuelta al periodo jurásico. No obstante, nuestro
letargo fue breve a fuerza de la necesidad de mirar, constatar y
denunciar un sinfín de situaciones anómalas. Hemos sido testigos, antes y
después de la jornada comicial, de evidencias, dichos, desdichos,
deslindes, suspicacias, certezas, tramas y cuentas de diversos tipos;
todo lo cual nos confirma la sospecha que muchos temíamos: fue un
proceso electoral inequitativo, poco pulcro y plagado de prácticas que
creíamos superadas y que tan sólo fueron actualizadas.
Si
bien el asunto no culmina aún, por cuanto todavía hay cauces legales
que deben ser desahogados, es posible hacer un pequeño recuento de los
rasgos positivos resultado de los pasados meses; no a manera de colofón
sino de plataforma de lanzamiento para las acciones venideras como
consecuencia de la inercia civil que estamos presenciando:
Ganamos y hallamos un claro reconocimiento de la falta de pluralismo en los medios masivos de comunicación. No es poca cosa, los grandes emporios han dominado, casi de manera exclusiva, el panorama mediático desde hace más de 60 años. Su descarada parcialidad, tal como lo expuse en este mismo espacio, fue un factor fundamental para abrir muchos ojos, al tiempo que la emergencia del movimiento estudiantil articuló y consolidó la demanda de un sistema de medios más democrático.
Ganamos las redes sociales como mecanismo de participación política y cívica. La asignatura estaba pendiente desde la elección presidencial del 2006, cuando las entonces incipientes redes jugaron un papel poco relevante en el proceso y en la construcción de la opinión pública. En esta ocasión, Facebook, Twitter, YouTube, Instagram y en menor medida Scribd y Pinterest, contribuyeron a generar criterios y a robustecer elementos para la toma de decisiones electorales. Ya no es posible soslayar su poder de convocatoria, de denuncia, de crítica y de aporte; la lógica viral que las sustenta las convierte en una herramienta esencial para la organización, la difusión y el mantenimiento de iniciativas ciudadanas.
Ganamos una identidad nacional que parecía perdida o acaso olvidada. A pesar de nuestra proverbial desmemoria política, cuestionamos a personajes del pasado remoto e inmediato y logramos amplios consensos con respecto a lo que queremos y no queremos como país. El vasto rechazo al candidato que aparentemente obtuvo más votos, es muestra de la coincidencia en la desaprobación al rancio autoritarismo.
A pesar del aciago panorama, esto hemos ganado. Habrá que conservarlo, solidificarlo, madurarlo y aprovechar el ímpetu procedente de la inconformidad, de la censura al cinismo y del repudio al arribismo. Tenemos la valiosa oportunidad de ser partícipes de la deliberación pública; de ser, nosotros, quienes definamos nuestro futuro.
Twitter: @hugoleonz






0 comments:
Publicar un comentario en la entrada