Por: Hugo León Zenteno.
Soy
comunicólogo de profesión y periodista por aspiración. Me dedico a
enseñar y a escribir sobre ello. Desde los 7 años leo el periódico,
cuando descubrí el poder de estar informado, de saber lo que sucedía a
mi alrededor y en el mundo. Mi abuela, quien intuía la valía de evitar
la ignorancia, acostumbraba regalarnos una suscripción a un diario, con
el afán de que sus nietos “supiéramos lo que pasa”. Primero fue el
extinto Novedades, con aquél perfil un tanto superficial y con su suplemento pionero Mi periodiquito
muy adecuado para niños de menos de 12 años, aunque en mi visión era
apenas un aperitivo. Luego, gracias a sus famosos sorteos, el abono por
algunos años fue al viejo Excélsior (ya desprovisto de Julio Scherer y su equipo), hasta que el innovador Reforma
llegó a casa en 1993 y se mantuvo por más de una década. En todos esos
años, mi lectura cotidiana era infaltable, diría esencial, y a veces,
incluso, postergada: el tambache de ediciones por leer era habitual en
mi recámara.
Como
muchos compatriotas, crecí también con el acompañamiento de la radio
tocadiscos, la de los locutores de voz engolada y de las llamadas para
pedir y dedicar canciones. Pero su hermana menor, más atractiva e
impactante, fue la que perfiló, en buena medida, nuestros referentes
culturales: la televisión, la de las caricaturas, las series dobladas y
las incipientes transmisiones deportivas; la de un solo señor (que
portaba unos grandes audífonos) generando la opinión pública.
Así
fue, por décadas, el imperio de los medios. Hegemónico por limitaciones
tecnológicas mas también por conveniencias políticas. Las voces
disidentes eran fácilmente apagadas. La universidad me trajo la
conciencia, la suspicacia y la crítica, que juntas son luz para toda
mirada. El panorama seguía sombrío pero la inquietud estaba sembrada: el
estado de las cosas sólo servía para unos cuantos por lo que era
menester esparcir mi entendimiento de los mecanismos de manipulación y
cultivo del miedo.
El
nuevo milenio hizo realidad la comunicación interactiva y unos años
después las redes sociales articularon vínculos nuevos, recientes y
recuperados. Finalmente el paisaje mediático sufrió una modificación
sustancial, dado que la eleboración de mensajes dejó de ser un
privilegio para convertirse en una práctica accesible a muchos
individuos más. De audiencia y público pasamos a ser usuarios y
“prosuarios” (conjunción de productores y usuarios). La coexistencia
pacífica entre medios históricos e internet parecía posible.
Sin
embargo, el México de 2012, el de las elecciones, el de la decisión
clave, el de los proyectos enfrentados, nos reveló un horizonte
distinto. Los cibermedios caminaron por una vía ciudadana, espontánea,
acaso desordenada, pero muy genuina; la difusión viral de sus contenidos
contribuyó a generar ideas y posturas que se concretaron en su propia
esfera, en la calle y, finalmente, en el voto.
Por
otro lado, los medios de comunicación clásicos tomaron otro camino. El
del corporativismo y la prebenda, el del interés propio sobre el
público, el del beneficio económico inmediato sobre la credibilidad
propia. Y es justo en este último punto donde firmaron su condena: la
revolución digital tiene cabida para los canales y espacios
tradicionales, siempre y cuando sus contenidos respondan a la sociedad
que es susceptible de ser su público, cuando hay una congruencia
informativa, cuando sus propuestas de entretenimiento consideran al
espectador como un cómplice y no como el sujeto de su burla.
Es así que los periódicos mexicanos, con sus muy notables excepciones, transitaron por
por
la ruta del financiamiento fácil y de una sustentabilidad
cortoplacista. Su alianza con la opción política del viejo régimen fue
evidente y útil en el conglomerado de la estrategia electoral, los
arreglos entre casas encuestadoras, periodista y líneas editoriales fue
práctica común que colaboró a la construcción de la imagen de un
candidato en detrimento de los otros. Todo ello, no obstante,
representará el inicio de su declive puesto que la credibilidad, decía,
es la única divisa que mantiene a los medios impresos informativos, y
aquélla ha sufrido un golpe irreversible; precisamente sus lectores han
dado cuenta de ello en las redes sociales. Ya no más pilas de periódicos
o visitas al kiosco más cercano, en tanto periodistas y diarios de
nuestra confianza están al alcance de un botón.
Y por si te preguntas, querido lector, el origen de la estrategia de adormecimiento, distracción, encubrimiento, disuasión, amedrentamiento, adoctrinamiento y encumbramiento, la respuesta es sencilla e histórica. La desarrolló Joseph Goebbels y contribuyó a exaltar a Adolf Hitler.
Twitter: @hugoleonz






0 comments:
Publicar un comentario en la entrada