Por: Claudia Benassini / @ClaudiaBenassin
La semana pasada el periódico Reforma publicó en dos partes una
investigación sobre el pago que habría hecho Enrique Peña Nieto a comentaristas
de Televisa y Radio Fórmula para que se expresaran favorablemente sobre su
desempeño todavía como gobernador del Estado de México. El hecho fue reconocido
por Peña Nieto, quien cayó en un galimatías para intentar distinguir este pago
a comentaristas del patrocinio por parte de algunas firmas. Rápidamente Radio
Fórmula entró al quite para precisar su política:
“Como en los periódicos, en las estaciones de radio hay muchos esquemas
para la venta de publicidad a los sectores público y privado. Uno de ellos,
(…), es el de cortinillas promocionales al inicio y al final de comentarios que
se insertan en distintos programas. Dichas cortinillas las escuchan las
audiencias antes y después de los comentarios al aire (…) Son clara y
fácilmente identificables y su comercialización es totalmente transparente”,
señaló el boletín publicado por Reforma
el sábado 12 de mayo.
En este contexto, es imposible
pasar por alto el hecho de que Reforma
y Televisa tienen una añeja diferencia a la que se han referido diversos
comentaristas tanto en Medios y Ciudadanos
como en otros espacios. Y su publicación no podía ser más oportuna, pues días
antes la discusión sobre el gasto del gobierno en promoción personal fue
retomada por Carmen Aristegui y Jenaro Villamil en el espacio de la primera, a
raíz de la mención del tema por parte de Andrés Manuel López Obrador, en el
marco de su participación en el debate entre presidenciables celebrado el
domingo 6 de mayo. De hecho, el candidato de las izquierdas estuvo con
Aristegui para refrendar su posición y mostrar documentos probatorios.
El hecho revive una práctica
originada hace décadas, el famoso chayote.
El pago que la sociedad política hace a los periodistas para que alaben su
trabajo o bien, denuesten al opositor. Una práctica que se denuncia
constantemente y que suele acompañarse de nombres de quienes recurrirían a
ella. Las denuncias se remontan por lo menos a la década de 1930 del siglo
pasado y normalmente no pasan de ahí. A fin de cuentas la legislación no
contempla castigo alguno para quienes incurren en esta práctica como no sea el
desprestigio profesional. Algo que no necesariamente interesa a quienes reciben
el chayo, que tuvo sus orígenes para
más adelante extenderse a la radio y la televisión.
Lo anterior viene a cuento
porque esta práctica de reconocida eficacia –de otra manera no podría
explicarse su proliferación- ha encontrado otros espacios para continuar su
extensión a través de las redes sociales. Comienza a proliferar la práctica de
pagar a periodistas con cierto liderazgo en Twitter para que hable bien de un
posible candidato, para que le consiga seguidores y escaparate digital y para
que critique el trabajo del oponente. Claro que en este caso el chayotero es más difícil de identificar
y puede ser más eficiente en un espacio en el que no se reconoce esta práctica
que puede redituar dividendos para ambas partes.
Afirmo esto con conocimiento
de causa, tras una investigación que me ha permitido obtener nombres de
periodistas y personajes generosos con el erario público para repartir diversas
cantidades entre los profesionales de los medios que se ponen a su servicio
traicionando los principios del ejercicio periodístico. Pero me parece
importante dar cuenta de este fenómeno en el contexto de las campañas
electorales: un campo propicio para que esta práctica. Quienes forman parte del
gremio podrán identificarlos fácilmente si no es que ya lo han hecho.
Como siempre, el punto nodal
es qué hacer con esta información. En determinados momentos llega a ser tan
evidente que prácticamente todo el gremio sabe de quién se trata, con quién
negocia y hasta las cantidades que recibe. Más que evidenciar esta situación,
el polvo se oculta bajo la alfombra bajo el principio de “perro no come carne
de perro”. Vuelve la pregunta de si esta
defensa de periodismo corrupto debe continuar o si es momento de comenzar a
desenmascarar a sus practicantes. Personalmente me inclino por lo segundo, toda
vez que han empezado a invadir un espacio en el que se desconoce el chayote y las redes sociales,
particularmente Twitter, son campo virgen para su aplicación.



















